El tiempo en los ángeles y en las almas

Autor: Lucas Osvaldo Macias Publicado: 22/04/2026
La pregunta por el tiempo en la dimensión espiritual obliga a abandonar nuestras categorías habituales. El tiempo, tal como lo experimentamos, no es una propiedad absoluta del ser, sino una condición ligada al cuerpo, al movimiento y al cambio material. Cuando la tradición cristiana reflexiona sobre el alma separada y sobre los ángeles, introduce deliberadamente otro concepto de duración, porque ni el tiempo humano ni la eternidad divina describen adecuadamente su modo de existir. San Agustín fue uno de los primeros en advertir que el tiempo no es simplemente algo exterior, sino una experiencia profundamente vinculada al alma humana encarnada. En las Confesiones describe el tiempo como una distensión del alma, extendida entre memoria del pasado, atención al presente y expectación del futuro (Confesiones, XI). Esta distensión supone sucesión, cambio y cierta tensión interior. Cuando el alma deja el cuerpo, esa estructura se modifica radicalmente: ya no hay procesos sensibles ni desgaste, pero tampoco se accede todavía al “ahora eterno” de Dios. Para expresar esta condición intermedia, la filosofía escolástica, especialmente en Santo Tomás de Aquino, recurre al concepto de aevum o evo. El evo no es tiempo, porque no está marcado por el movimiento ni por la corrupción, pero tampoco es eternidad, porque tiene un comienzo y admite una cierta sucesión de actos. En palabras del Aquinate, “hay seres que no están sometidos al tiempo, pero que tampoco poseen la eternidad: su duración se mide por el aevum” (Suma Teológica, I, q. 10, a. 5). Este es el modo propio de existir de los ángeles y, de manera análoga, de las almas humanas separadas. En los ángeles, el evo se manifiesta como una estabilidad plena del ser unida a la posibilidad de actos sucesivos. El ángel no envejece ni cambia en su esencia; su conocimiento no es discursivo ni progresivo como el nuestro. Sin embargo, puede ejercer actos distintos: conocer esto y luego aquello, querer una cosa y después otra, actuar en momentos diversos de la historia humana. No hay para él “tiempo que pasa”, sino una sucesión de actos intelectuales y volitivos sin desgaste ni espera. Por eso Santo Tomás afirma que el ángel no mide su duración por el movimiento, sino por la permanencia de su acto de ser, dentro del cual se distinguen sus operaciones (Suma Teológica, I, q. 53, a. 3). El alma humana después de la muerte participa también de este modo de duración, aunque con una tonalidad propia. A diferencia del ángel, el alma conserva una relación esencial con el cuerpo que ha perdido. Santo Tomás subraya que el alma separada existe “contra su modo natural” (Suma Teológica, I, q. 89, a. 1). Esto implica que su experiencia del evo está marcada por la memoria de la vida temporal, por la identidad personal forjada en el tiempo y por una orientación hacia la resurrección futura. El alma ya no vive en horas ni en días, pero sí en una conciencia sucesiva: puede recordar, amar, arrepentirse, esperar, sin que ello implique duración cronológica. De este modo se comprende por qué la tradición afirma que realidades como el purgatorio no deben pensarse en términos de “cuánto tiempo dura”, sino en términos de intensidad y plenitud del acto espiritual. No hay relojes ni calendarios, pero sí una permanencia real en un estado, una estabilidad que puede abrirse a nuevos actos de purificación y de amor. Benedicto XVI expresó esta intuición al afirmar que el encuentro con Cristo es un acontecimiento que “quema y salva”, y que esta transformación no puede medirse con el tiempo físico, aunque sea una experiencia real del alma (Spe salvi, n. 47). En contraste con el evo, la eternidad divina no admite ninguna sucesión. Dios no pasa de un acto a otro; no recuerda ni anticipa. Todo es presente pleno. Boecio definió clásicamente la eternidad como “la posesión total, perfecta y simultánea de una vida interminable” (Consolación de la filosofía, V, prosa 6). Ni los ángeles ni las almas participan de esta eternidad en sentido propio: ambos viven en una duración creada, aunque espiritual, marcada por un antes y un después en el orden de los actos. Así, la dimensión espiritual no elimina toda sucesión, pero la libera del peso del tiempo. El alma y los ángeles no están atrapados en un fluir que se pierde, sino que habitan una permanencia viva, donde cada acto tiene densidad y sentido. Esta enseñanza, lejos de ser una curiosidad especulativa, ilumina la esperanza cristiana: el tiempo no es abolido sin más, sino transfigurado, y la historia personal no se disuelve, sino que se conserva y se ordena hacia una plenitud definitiva que sólo se alcanzará cuando el alma y el cuerpo vuelvan a unirse en la resurrección. Bibliografía Agustín de Hipona, Confesiones, libro XI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, qq. 10, 53 y 89, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid. Boecio, La consolación de la filosofía, libro V, prosa 6. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 988–1022, Libreria Editrice Vaticana. Benedicto XVI, Spe salvi, Libreria Editrice Vaticana, 200

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